Controlando su destino

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Con El Tigre Blanco (2021, India y Estados Unidos), adaptación de la novela ganadora del premio Booker del 2008 escrita por Aravind Adiga, y que fue dirigida y escrita por Ramin Bahrani (1975, Carolina del Norte); estamos ante otra película que sigue esa idea de denostar el lado salvaje y cruel del capitalismo. Solo que esta historia no se sitúa en una ciudad ficticia de Estados Unidos (la Gotham de la simplista Joker), ni en una ciudad con nombre de Corea del Sur (obviamente la genial Parásitos). Ahora el escenario es la India durante la primera década del siglo XXI. Y el narrador-protagonista es Balram (interpretado por Adarsh Gourav en su versión adulta, y por Harshit Mahawar en su versión infantil). Cuando inicia la cinta lo encontramos en la oficina de su empresa, enterándose de la vista de Ken Jiabao, entonces primer ministro de China, a la India. Como buen emprendedor, Balram decide escribirle un largo e-mail al político en el que le contará quién es, quién fue y quién quiere ser. Todo porque desde hace años se dio cuenta que el futuro ya no era del hombre blanco.

El mundo, dice él, será del hombre amarillo y del cobrizo. Así que China y la India tienen que trabajar juntos. ¿Y de dónde sacó esa idea? Bueno, primero diremos que el tal e-mail es un recurso narrativo del que se valió Adiga en su novela, y que respeta Bahrani en su guion, para ir desgranando los eventos que compondrán la historia de “rags to riches” que protagoniza Balram. Así conocemos, mediante un lúcido montaje, que cuando era niño Balram destacó por ser el que mejor de su clase. Era observador, sabía escuchar, aprendía rápido y nunca se casó con la idea de que la tradición era la que mandaba. Para él, un hombre no está amarrado, o bueno, condenado a su destino.

Así que todo lo que Balram hace (y deja de hacer) tiene como objetivo el salir de ese pueblo perdido en algún lugar de India en el que ni un doctor hay, que está controlado por un mafioso que le cobra piso a todos los habitantes con la venia del Gobierno, y esclavizado por una familia que simplemente sigue viviendo sin cambiar sus vidas a pesar de las desgracias que los van marcando. Balram decide convertirse, primero, en sirviente de la familia del mafioso que controla a su pueblo; luego en el chofer de uno de los hijos del hombre: el cosmopolita Ashok (Rajkumar Rao), recién regresado de Estados Unidos, donde estudió, y que trae una mentalidad emprendedora donde busca que su padre le dé recursos para hacer unos negocios que quizá sirvan para que la familia ya no dependa de sus funestas actividades.

Obviamente la familia culpa del cambio de Ashok a su esposa, la norteamericana Pinky (Priyanka Chopra-Jonas). Sí, es Ashok el que le mete la idea sobre el futuro del mundo a Balram. Y es él, también, el que le enseña qué tanto pesan las tradiciones en un país como la India. Porque en el fondo, lo que hace que El Tigre Blanco destaque es su virulencia: no importa en dónde nazca el hombre, en la luz o en “el gallinero”. Tampoco lo que haga. Al final lo que acaba importando es que siga vivo. Que tenga un objetivo y que, bueno, nadie lo atrape por sus crímenes.


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