¿Inexplicable?

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Proclives al espectáculo, somos devorados por la vorágine de la parafernalia y la grisura que distingue a quienes forman parte de ese grupo social tan peculiar que son nuestras y nuestros miembros de la política mexicana. Por un lado, estamos acostumbrados a los fuegos artificiales que iluminan la noche por un momento, a darle un peso gravitacional a sus palabras y la imagen que suelen proyectar. Y, en la otra orilla de este riachuelo de aguas turbias, suelen tomar asiento detrás de las piedras quienes han llegado a ocupar cargos públicos gracias al mérito que implica el formar parte —o estar muy cerca– de la estructura de sus partidos. Así se va tejiendo una compleja red de intereses que, justo en los momentos de futuras elecciones, va quedando al descubierto ante la mirada de la sociedad: en época de tragar sapos, sería mucho conceder que hay asombro cuando te enteras de los movimientos y reacomodos de quienes pretenden contender por un puesto de elección popular o para alinearse bajo el halo protector del político en cuestión. Jalar una pequeña hebra nos descubriría ese laberíntico mundo en el que, en muchos casos, los principios, la moral y la ética, sólo son recursos melodramáticos en un discurso que se emplea cuando es necesario. De esta manera, se dedican a construirse como personajes únicos, con un lenguaje propio y el estilo de comunicación que pueda simpatizar con quienes —lo saben muy bien— podrán ser no sólo sus futuros votantes, sino también los incondicionales aliados de sus palabras y sus actos.

En este sentido, la sorpresa de quienes observan con cierta incredulidad las más recientes encuestas (consultar las elaboradas por El Financiero y Mitofsky) que colocan la popularidad de López Obrador en alrededor de un 60% de aprobación, es un gesto de pretendida ingenuidad. Aquí está una muestra de los fuegos artificiales que iluminan la fiesta del pueblo: las encuestas. ¿Inexplicable? Algunos se sorprenden, otros celebran, pero no faltan quienes fingen que no escuchan la insistente pirotecnia que se enciende a su alrededor. La sorpresa de dichas estadísticas no debería radicar en el número de encuestados que aprueban el gobierno de López Obrador; en realidad, lo que podría fruncir el entrecejo es que la oposición no haya entendido la poderosa estructura de comunicación a la que se enfrentan en este nuevo proceso electoral. Existe un eje gravitacional en la figura presidencial que durante varios años ha logrado blindar un movimiento político que, de no ser por seguir el modelo bien diseñado por el priismo, no tendría la fuerza de la que hoy goza. Creer que dicha aprobación radica en el diseño y consolidación de programas clientelares omite que, con la precisión de un relojero, ese mecanismo es el que garantizó la permanencia del PRI durante algunos años y la posibilidad de que también se desarrollaran dos sexenios de panismo. Un argumento que sólo un espíritu cándido o perverso esgrimiría con ligereza.

También es un despropósito suponer que la crisis provocada por la pandemia que sufrimos es razón suficiente para debilitar a la actual administración —porque es una obviedad que administran los recursos del país según sus intereses e “ideologías”. El número de muertes provocadas por covid-19, la falta de planeación para hacer frente a esta enfermedad que ha puesto en jaque a la sociedad, la economía que se hunde y no tiene visos de recuperación, el desempleo y la pobreza, nada de esto ha menguado la imagen presidencial. El eje gravitacional sigue funcionando: el poderoso discurso justiciero y de revanchismo ha alimentado las expectativas de distintos sectores sociales que, durante décadas, sufrió las vejaciones de un sistema político que, sin duda, hoy es distinto, diferente, según las palabras del actual Presidente —quien tiene el suficiente capital político en su cartera para encabezar la campaña electoral del partido oficial. Y si la oposición supone que esto se dirime con un discurso similar en las redes sociales o coleccionando chapulines, algo no ha terminado de entender.

Capitalizar tantos años de injusticia y desigualdad ha sido una estrategia que le ha permitido a López Obrador erigirse como un personaje al que se le tolera y justifica todo: opacidad y mentiras. Sus operadores aún la llevan fácil: tantos años en campaña lo avalan como un personaje que está cerca de todo un sector social que se había hartado de su propio pasado. Ante este eje gravitacional, los recursos de la oposición lucen agotados. Quizá sea momento de otros actores sociales para quienes ética y moral no sólo sean palabras.

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