Lo frágil que es la amistad en la política

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Entablar una amistad con alguien radicalmente opuesto a lo que uno es o piensa es una absurda contradicción social; excepto en la política.

Aquí el hierro de la amistad se forja en el fuego incandescente del interés mutuo entre las partes, se presume y defiende con capa y espada al amigo que te interesa mantener de aliado en todas las mesas de opinión, en las reuniones y cafés políticos, siempre y cuando este amigo no rebase el mismo interés personalísimo del defensor.

Ahí termina todo, desaparece esa amistad romántica, se rompen grupos, se desarman filas, se niega, se odia y se termina todo lo que en algún momento parecía una relación inquebrantable.

Y es que, en la política, las personas van y vienen al vaivén de las circunstancias, y un buen día puedes tener de aliado a un total desconocido, o de enemigo a un viejo conocido. De repente dos personas que no encajaban socialmente inmortalizan con una foto su alianza, con títulos rimbombantes disfrazados de amistad que ocultan la mayoría de las veces sentimientos de envidia, maquillados con sonrisas falsas, vínculos efímeros que duran lo que una posición de poder aguarda, simulación. Un espectáculo de soberbia y mentiras.

No es justo, claro, pero si es necesario, de todos la política se trata de todo, menos de justicia.

En el libro Ética a Nicómaco, el autor nos advierte que la amistad es imposible en la política, pero que la política es imposible sin la amistad. Por ello debemos replantearnos qué tipo de vínculos nos unen a las personas con las que nos comunicamos en esta actividad, para saber si es una amistad imperfecta, pero necesaria, o una amistad perfecta que está más allá de la política.

Según en esta obra, la amistad en política existe siempre y cuando sea comprobable, con la premisa de que las semejanzas entre “los amigos” vayan más allá de placeres superficiales, cuando ambas personas son compatibles unas a las otras en muchos niveles; gustos, consumos, pasiones e ideologías, es una verdadera amistad, no una relación cortoplacista.

Porque si no es así, las personas con las que convives en la política y creas una relación en realidad no son tus amigos, se trata de otra cosa, son tan solo pasajeros de tu tren que no comparten tu destino, y que seguramente en la próxima parada se bajarán y te dejarán solo, con tal vez algunas experiencias, paradójicamente a su vez llegarán otras desconocidas con las que pudieras hacer grandes acuerdos.

Y aquí la importancia de saber distinguir esta hipótesis, sobre todo cuando estas personas se van y te dejan algunos recuerdos, porque no solo sucede eso, sino que también se llevan algunos secretos que en consecuencia pudieran atemorizarte, así de morbosa es la política.

Porque pareciera inverosímil y absurdo, pero el principio de la real amistad en política es que esta sobrepasa la vida pública del otro y penetra la vida privada.

Entender estos conceptos básicos y la fragilidad de estos vínculos en la actividad pública será importante también para definirnos como políticos y saber conducirnos con los demás, reconocer que es muy fácil que falsas amistades lleguen cuando ostenten una posición privilegiada, por ejemplo, y otros se quedarán cuando no la tengas. Y aun así, eso tampoco significa nada.

Hay otro libro que quiero citar, y ojalá tuvieran la oportunidad de leerlo, este se llama Políticas de la amistad, de Derrida, ahí podemos encontrar elementos de este tema, términos como la inclusión, la fraternización y la lealtad nos ilustran un poco sobre la evolución de lo que llamamos “amistad” en política.

Estos tres términos forman parte de la forma y el fondo de la práctica política para la integración de un sujeto en los distintos grupos de poder. En la medida que crecen y que pulen, crece la relación entre las partes, y es necesario, porque es en estos núcleos donde se acuerda, se toman decisiones y se reparte el poder.

Nos vemos en la próxima.


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