“Nunca preguntes por quién doblan las campanas. Es por ti”: JonhDonne

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Los Mochis, Sinaloa.- Conocí a Arturo Villaseñor Atwood en 1993, cuando fue mi alumno de español en el Centro de Idiomas de la UAS. Su erudición, su inteligencia y sus veintitantos años de ventaja me intimidaban. Al cabo de un año, yo me convertí en su amigo, y él, en mi maestro de ciudadanía.

Me mostró sus borradores aún no se usaban las computadoras de un documento que luego sería un diccionario de regionalismos. Más tarde lo acompañé en la edición de Orígenes Históricos de Los Mochis, su libro publicado por la UdeO en 2001, en el que asienta, con precisión y hasta con muy buen humor, hechos aún frescos de la breve historia de nuestra ciudad. 

Así conocí la templanza del carácter, la acuciosidad del investigador y la extraordinaria lucidez del crítico, virtudes heredadas de su familia y pulidas en el rigor de sus oficios: arquitecto, urbanista, perito valuador, perito grafólogo, fotógrafo, lingüista, historiador. Arturo ha sido parte de una generación brillante cultivada en la secundaria IMA en los sesenta y los setenta.

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Arturo tiene la autoridad para hablar y escribir de la historia de su querida ciudad: su mamá era heredera de una de las familias fundadoras, su papá era uno de los líderes del sindicato del ingenio azucarero y él se allegaba de incontables recursos como fuentes históricas de primera mano. Su despacho era un museo atiborrado de fotografías, máscaras, utensilios, textos y objetos diversos.

Me gusta recordar su humor sarcástico, las conversaciones auspiciadas por botellas de líquidos espirituosos creo que así le decía a los vinos hasta media noche en una gran sala rodeada de decenas de fotografías entre las que destacaba la gran sonrisa de su esposa, cuya muerte inesperada le dio a Arturo una severa sacudida de alma.

El Debate ya no recibirá sus frecuentes cartas nadie envió tantas como él ni enfrentará el brete de editarlas. Van a sentirse liberados los políticos pusilánimes y tramposos de todos los colores que ha padecido nuestra ciudad en las décadas recientes.(“Ya nada puede ser peor”, le decía yo, y él me miraba callado.)

Pero por más que nos resignemos, nos faltará su voz. ¿Quién vendrá a ponernos los puntos sobre las íes?

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Si alguien quiere honrar a Arturo, lea su libro está en línea, ¡pero léalo de verdad!, fotografíe la belleza, cultive una familia formidable, ame y defienda su ciudad, ame su trabajo, produzca, exhiba las miserias de sus políticos, no permita que nadie lo atropelle ni atropelle a nadie: ¡sea un ciudadano!

Necesitamos a muchos como Arturo.

Atentamente

Agustín Elizalde


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