Plan de evasión

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En esta larga noche llamada pandemia no brotaron mejores personas ni humanos más críticos o reflexivos y, aunque duela, tampoco se aprovechó la oportunidad para duplicar lectores o espectadores de teatro, danza, ópera y música de concierto en México. Todo lo contrario. Y ahí están los números de plataformas como Amazon Prime, Netflix, HBO o Disney+, porque nunca dejamos de ser consumidores de historias en imágenes que alguien más diseña para nosotros. Nuestra imaginación es perezosa.

Es posible que haya excepciones. Quizá algún padre o madre con una pequeña biblioteca en casa tenga libros de Julio Verne, Michael Ende o Emilio Salgari, y algunas ideas sobre ópera para que sus hijos no se estanquen en el reino del TikTok, donde cada sketch burlesco sí que puede empeorar; o en el paraíso de los videojuegos, como se puede ver en Twitch, la plataforma con 17 millones de personas conectadas diariamente que ponen una cámara frente a su computadora mientras charlan, comparten música pop y muestran su éxito en
Fortnite, Ark: Survival Evolved o Among Us, tres videojuegos prestigiados en esas comarcas que alimentan la supervivencia y la acción de héroes valorados en el mundo de la ficción.

En el primero, los participantes llegan a una isla donde buscan armas y objetos útiles para sobrevivir, mientras son atacados por otros ludópatas. En el segundo, los jugadores sortean un mundo de animales prehistóricos, peligros naturales y contrincantes hostiles. Y en el último, los tripulantes de una nave espacial supervisan el adecuado funcionamiento de su vehículo, mientras buscan posibles “impostores” que intentan sabotear la misión, a quienes deben asesinar en cada partida.

No es por ser aguafiestas, pero no veo a gente enfrascada en la obra de Gabriel
García Márquez
para sobrellevar el encierro. Tampoco circulan los comentarios con citas de Albert Camus o Joseph Conrad. Y pese a que no podemos viajar, no hay un boom por las crónicas de Ryszard
Kapuściński
, Jon Lee Anderson, Leila Guerriero, Martín Caparrós o Alberto
Salcedo Ramos
. Simplemente, la mayoría se ha mudado a mundos digitales donde se puede sujetar un arma y hacer su propia versión de El señor de las moscas, de William Golding.

Por eso llama la atención que, en la inauguración de la 42 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería —esfuerzo modesto y algo frustrante—, se escucharan dos discursos tan distintos.

En uno, Juan Luis Arzoz, presidente de Caniem –que ha citado pérdidas para el sector editorial hasta del 30%– insistió en la necesidad de apoyar los engranes de la cadena del libro en la pandemia. Mientras el rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers, echó mano de los estudios elaborados por Difusión Cultural para destacar que “durante la emergencia sanitaria, la lectura ha sido un verdadero refugio en estas épocas pandémicas, pues más del 50% de los entrevistados mencionó que ha leído a diario o dos veces por semana durante el confinamiento”.

La cifra debiera tomarse con calma y aceptar que su parámetro refleja el hábito de quienes ya leían asiduamente desde antes de la pandemia. Es la cifra de los que tienen internet y biblioteca en casa, que adquieren libros en línea y están pendientes de las novedades editoriales. No es el panorama de un país con teatros, bibliotecas y museos cerrados, mientras los niños toman clases en televisión o en línea.

A estas alturas, sabemos que la pandemia no creó más lectores. Sólo profundizó afectos y obsesiones individuales en una sociedad que mira por los suyos, con refugios personalizados para sortear la depresión. Cada búnker es la radiografía mínima de nuestra vida y por eso, en esta larga noche, aguardamos el nuevo plan de evasión para volver a la terca realidad que nos mantiene inconformes, aunque nos promete algo de libertad.

 

 

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